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Reflexión |
MÁS CERCANO QUE UN HERMANO Todos, alguna vez, hemos visto la imagen de un náufrago solitario, abandonado en una pequeña isla en medio del mar. ¿Sabemos lo que es sentirnos solos y sin apoyo, sin hallar salida para los problemas de la vida? La Biblia nos habla de Alguien que bebió de un pozo más tenebroso y más profundo que cualquiera que hayamos conocido. Ese Ser pasó por tal experiencia con el fin de que nosotros nunca tuviéramos que sufrir ese dolor. ¿Su nombre? Jesús. Recordemos el relato bíblico acerca del apóstol Pedro, cuando casi se ahogó, una noche en que vio a Jesús caminar sobre el agua del Mar de Galilea en medio de una tormenta. El Salvador le dijo: "Ven". Pedro logró realizar la asombrosa hazaña, pero cuando perdió de vista a Jesús y comenzó a hundirse como una piedra, clamó: "¡Señor, sálvame!" Y Jesús le tendió inmediatamente la mano y lo llevó al bote (Mateo 14:30). ¡Qué bueno es tener un salvavidas cerca cuando uno se está ahogando! Nosotros también nos estamos hundiendo en el mar de la adicción y del egoísmo pecaminoso. Todos necesitamos un Salvador que esté muy cerca de nosotros. Demasiado bien sabemos cuán fuerte es la resaca que nos arrastra al torbellino de la tentación, y cuán tenebrosas las profundidades del pecado, pero no tenemos la fortaleza necesaria para salvarnos a nosotros mismos. Bajo la superficie de nuestro corazón, y apenas cubiertos, acechan las malas pasiones, los odios. Día tras día, las provocaciones despiertan esas pasiones ocultas. Decimos o hacemos cosas que más tarde lamentamos; y sin darnos cuenta, un creciente sentido de culpabilidad envenena nuestra felicidad. Los apetitos, las drogas, el tabaco, el alcohol y los amores y pasiones ilícitos parecen invencibles. Cada año, más de un millón de muchachas adolescentes quedan embarazadas. No es posible medir la tristeza y el dolor que esto significa. Si continúan las tendencias actuales, un 40 por ciento de las jovencitas que hoy tienen 14 años, quedarán embarazadas dos veces antes de cumplir los 20. Dicen los expertos que el 70 por ciento de los adolescentes están sexualmente activos, es decir, practican la fornicación. Esta falta de dominio propio antes de casarse, por lo general programa a la juventud para ser infiel después del matrimonio. Las siguientes palabras de Jesús se han cumplido en nuestra época: "Y por el aumento de la maldad, el amor de la mayoría se enfriará" (Mateo 24:12). En el idioma original, la palabra amor es ágape. Tan ciertamente como la noche sigue al día, la pérdida del ágape crea un vacío que se llena con el síndrome de la infidelidad, el crimen, la violencia y la pobreza. Así es el mundo tenebroso en el cual vivimos. Las multitudes sufren sin esperanza porque no quieren ser arrastradas al suicidio moral, pero no saben cómo resistir la presión social combinada con sus compulsiones hormonales. El apóstol Pablo puso el dedo en la llaga de todos cuando confesó acerca de sí mismo: "Realmente, no entiendo lo que me... (Romanos 7:15-24). El mismo responde su pregunta: "Lo que era imposible a la Ley, por cuanto era débil por la carne; Dios, al enviar a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado, y como sacrificio por el pecado, condenó al pecado en la carne" (Romanos 8:3). ¡Cuán buenas son las Buenas Nuevas que hallamos en este versículo! La palabra "semejanza" no puede significar algo distinto, algo diferente de nosotros. Cristo, que era plenamente Dios, ahora llegó a ser plenamente hombre, no separado de la raza humana, sino unido a nosotros. Construyó un puente divino-humano para unir el cielo con la tierra, y franquear el abismo de alienación causado por el pecado; sus fundamentos llegan hasta la más profunda raíz del corazón del pecador más perdido del mundo. ¡Estas sí que son Buenas Nuevas! Cristo no es un engañador que pretende conquistar el pecado sin acercarse siquiera al campo de batalla donde el pecado se manifiesta. Pablo presenta a un Salvador perfectamente equipado para resolver el problema del pecado en su misma raíz, en lo profundo de nuestra naturaleza humana. Este es el último reducto de Satanás, y aquí es donde Cristo lo confrontó y derrotó. Hay una razón por la cual Cristo puede salvar a todo pecador. El mensaje del evangelio aparece iluminado como por un reflector en el libro de Hebreos. Vemos allí cómo la cercanía de Cristo lo califica para alcanzar los más íntimos vericuetos de nuestra pecaminosa alienación psíquica. Dice el pasaje: "El que santifica y los que son santificados... (Hebreos 2:11-18). Examinemos las riquezas espirituales que contiene este cofre de la verdad: 1) Cristo es "uno" con nosotros. 2) Nos llama "hermanos"; es decir, está más cerca de nosotros que los mismos miembros de una familia lo están entre sí. 3) Cristo "participó" de la carne y sangre de los hijos de Adán, pero sin pecar. Fue "hecho semejante" a nosotros, excepto que nunca cometió pecado. 4) De este modo -también dice la Palabra de Dios-, se ha convertido en nuestro "compasivo y fiel Sumo Sacerdote", nuestro Médico divino-humano, el Psiquiatra de nuestras almas, el que hace guardia 24 horas al día, siete días por semana. 5) Cristo puede salvarnos de cualquier tentación. Cuando Jesús hizo su aparición en nuestro mundo, el coro angelical anunció: "El salvará a su pueblo de sus pecados" (Mateo 1:21). Desgraciadamente, muchos creen hoy que Cristo no puede salvarnos de nuestros pecados, y que sólo puede perdonar el hecho de que sigamos viviendo en pecado. Una gran nube de confusión ha ocultado al verdadero Cristo, de tal modo que el cristianismo ha quedado impotente para hacer del mundo un mejor lugar para vivir. El antiguo paganismo enseñaba la siniestra idea de que Dios está muy lejos, separado de la humanidad, tan santo que jamás se acercaría a nosotros para encarnarse y conquistar el pecado allí donde ha echado raíces en nuestra naturaleza humana. Lógicamente, esta enseñanza pagana mantiene que es imposible no pecar, si uno es de carne y hueso. Satanás inventó el pecado, diciendo que Dios se había equivocado al requerir obediencia a su santa Ley. Se dice, entonces, que Cristo no podría haberse revestido de carne humana. Sin embargo, el apóstol Juan nos advierte contra esta noción en los términos más fuertes posibles: "Todo espíritu que... (1 Juan 4:2, 3). La Biblia nos trae una noticia mucho mejor: "Ahora, pues, ninguna condenación... (Romanos 8:1, 2) ¿Qué significa esto? "Ninguna condenación" significa liberarnos del dolor interno que produce la certeza del juicio divino, que se ha cernido sobre nuestras cabezas durante toda nuestra vida. Ningún ser humano necesita seguir bajo condenación. Cristo ha creado una nueva humanidad. Pero ¿qué quiere decir el apóstol al referirse a ser librado de "la ley del pecado y de la muerte" por "la ley del Espíritu que da vida" "mediante Cristo Jesús"? ¡Esta si que es una Buena Nueva, maravillosa y llena de poder!. Hay un principio nuevo, el cual nos libra del temor, la culpa y el desorden moral que nos han esclavizado aun desde la infancia. Cree en el verdadero evangelio; recibe el nuevo nacimiento, un poder que obrará en ti para justicia, tanto más fuerte que el poder de las tendencias heredadas hacia el mal, como nuestro Padre celestial es infinitamente mayor que nuestros padres terrenales. Tú puedes disfrutar de ese poder hoy mismo. Es tuyo con sólo pedirlo. Cristo ha entregado su vida, y desea residir en ti por medio del Espíritu Santo. Cristo en ti es el mayor poder, la fuerza más dinámica que pueda obtenerse. El ofrece entrar hoy en tu corazón. |
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