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La Biblia
     


¿QUÉ ES LA BIBLIA?

1. Un nuevo interés por la Biblia
2. No hay más que una Biblia
3. Una biblioteca divina
4. La finalidad de la Biblia
5. La Persona de Cristo
6. La Muerte de Cristo
7. La Resurrección de Cristo
8. El Espíritu Santo y la Iglesia
9. El camino de la salvación según el Nuevo Testamento
10. Últimas palabras

 
 

UN NUEVO INTERÉS POR LA BIBLIA

Hubo un tiempo en el mundo hispano cuando una demostración de interés por la Biblia de parte de "laicos" se consideraba como algo propio de los "evangélicos" o "protestantes", ya que los ejemplares que circulaban habían sido publicados, en su inmensa mayoría, por sociedades bíblicas protestantes y ofrecidas por vendedores ambulantes de bíblias, misioneros o miembros de iglesias protestantes. En los últimos años se ha visto un gran cambio a este respecto, pues sociedades bíblicas católico-romanas sacan a la luz millones de ejemplares de la Biblia, y la lectura del sagrado Libro se recomienda a los fieles de la Iglesia católica como algo propio y necesario para un cristiano.

Con todo, persiste una gran ignorancia en cuanto al texto, composición y mensaje de la Biblia, pues pocas son las personas que la han leído con diligencia hasta dominar su contenido y dejarse guiar por ella, reconociendo que es la Palabra de Dios. Hasta miembros de comunidades evangélicas han perdido la costumbre --antes común a todos-- de leer las Escrituras diariamente para el sostén de su vida espiritual. Quizá algunas personas aún creen que existe una Biblia "católica" y otra "protestante", temiendo los "errores" de la ultima, mientras que, desde un punto opuesto, se van infiltrando en la sociedad ideas "liberales" que apenas conceden a la Biblia más importancia que la de una colección antigua de escritos que ilustran el desarrollo del concepto religioso dentro del pueblo de Israel. La finalidad de este apartado es la de adelantar algunos datos sencillos sobre el origen, naturaleza y mensaje de este Libro, que considerado desde cualquier punto de vista, es la obra maestra de la literatura universal, y la que mayor impacto espiritual ha hecho en el mundo.

 

NO HAY MÁS QUE UNA BIBLIA

De hecho no hay, ni puede haber, más que una sola Biblia. Dejando para más tarde la cuestión de los libros apócrifos en el Antiguo Testamento, hemos de notar que la Biblia se compone de dos secciones, llamadas "Testamentos", siendo la primera anterior al nacimiento de nuestro Señor Jesucristo en este mundo, y la segunda posterior a esta fecha cumbre.

El Antiguo Testamento fue escrito en hebreo, y sus autores pertenecían al pueblo de Israel. Hay algunos capítulos escritos en arameo, una lengua hermana pero eso no afecta el hecho de su origen hebreo, ya que los autores de los varios libros son profetas, historiadores y poetas escogidos por Dios para consignar por escrito los mensajes que Él iba dando a su pueblo Israel. Constituye una verdadera biblioteca de volúmenes de distinta naturaleza, todos necesarios para su tiempo, y todos inspirados de tal forma que sus mensajes se revisten de valor permanente. El Espíritu Santo obró por medio de los autores humanos para darnos, a través de sus escritos, el conocimiento de Dios y de su voluntad para con el hombre. Dios se revela a sí mismo en estos libros, no sólo al inspirar los mensajes de los profetas, sino también a través de sus hechos de poder, de salvación y de juicio. Además de ellos, El Antiguo Testamento prepara el terreno para la venida del Mesías (el Cristo) mediante claras profecías que aumentan en detalle y significado a medida que se acercan más a la época de la manifestación en la tierra del Hijo de Dios.

El Nuevo Testamento es esencialmente la obra de los Apóstoles y de sus colegas, quienes, inspirados para tal fin, describen los hechos de la Vida, Muerte y Resurrección de Cristo en los Evangelios, pasando luego a historiar la extensión del Evangelio en el mundo durante los primeros años de su proclamación. Después de los cuatro Evangelios hallamos el importante libro Los Hechos de los Apóstoles, y después otros libros escritos por Pablo, Pedro, Juan, Judas y Santiago, para la guía de las nacientes iglesias. El Apocalipsis, que cierra el Nuevo Testamento, --y, por ende, la Biblia en su totalidad-- trata de la última crisis del mundo y de la Segunda Venida del Señor Jesucristo, un acontecimiento aun futuro claramente profetizado en el Nuevo Testamento. El Nuevo Testamento llega a ser, pues, la única fuente para el conocimiento de la Persona, enseñanzas, obras, Muerte expiatoria y Resurrección de Cristo, como también la fuente para comprender la naturaleza del cristiano apostólico.

Hemos de insistir en la historicidad del Nuevo Testamento, o sea, que no sólo es un "libro sagrado", sino que presenta hechos históricos genuinos dentro de su propósito. Hay libros en el Nuevo Testamento que datan del año 50 después de C. o antes, que quiere decir que los relatos orales y escritos iniciales empezaron a tomar su forma actual a unos veinte años de la muerte de Cristo, durante, la vida de miles de testigos presenciales capaces de dar su vida por los hechos que se relatan.

Los libros apócrifos. Están escritos en lengua griega --o traducidos a ella-- y datan de los siglos que precedieron el nacimiento del Salvador. Hay entre ellos libros de gran valor histórico, y los hay útiles para la instrucción moral, pero otros son manifiestamente fábulas. En la Biblia encontramos mucho de sobrenatural, pero una cosa es que Dios intervenga milagrosamente según sus propósitos, y otra que hayamos de aceptar "piadosas" invenciones indignas del sublime nivel de la revelación escrita. No fueron incluidos en el canon de los judíos, pero, por confusión entraron a formar parte de la traducción griega (alejandrina) del Antiguo Testamento, y, de allí, pasaron a ser intercalados entre los libros de este Testamento en las Bíblias "católicas". No se citan en el Nuevo Testamento, a diferencia de los demás libros del Antiguo Testamento que los Apóstoles utilizan constantemente. De hecho los eruditos católicos no suelen darle más que el rango de libros "deuterocanónicos", o de segunda categoría, cuando se trata de su inspiración y autoridad, admitiendo que contienen elementos legendarios (Diccionario de la Biblia, Haag, Born, Ausejo).

 

UNA BIBLIOTECA DIVINA

Ya mencionamos la variedad de tipos de escritos ("géneros literarios") en el Antiguo Testamento, y de hecho la palabra "biblioteca" puede aplicarse con propiedad a toda la Biblia. Hallamos escritos históricos, narraciones biográficas, leyes y ordenanzas cúlticas y libros proféticos; también hay libros de "sabiduría" que contienen proverbios y aforismos sobre el vivir del hombre, con libros de poesía, como los Salmos; los escritos apostólicos pertenecen al estilo "epistolar", ya que se trata de cartas dirigidas a iglesias o a individuos. Algunos autores eran reyes, otros sacerdotes, otros profetas, otros hombres del pueblo, pero la guía del Espíritu consigue la unidad espiritual de la Biblia, que es un sólo Libro a pesar de tanta variedad literaria.

Moisés es el autor o redactor de los cinco primeros escritos de la Biblia, el Pentateuco. Si él escribió alrededor del año 1300 a. de C., y Juan terminó sus escritos cerca del año 100 de nuestra era, la redacción de la Biblia es extiende a lo largo de casi milenio y medio. Los escritos iban saliendo a la luz según las circunstancias y las exigencias de la obra de Dios en cualquier época de este largo período, pero lo maravilloso es que la Biblia, además de constituir una biblioteca, guarda su unidad, puesto que en todas partes desarrolla el tema de la revelación que Dios se ha dignado dar de sí, como también el de la historia de la redención que ha provisto para el ser humano. Esta unidad de la Biblia sólo se explica por reconocer que tiene por autor a Dios, quien, por su providencia y por su Espíritu, dirigió la obra de múltiples autores humanos imponiendo la evidente unidad de tema y de finalidad que hemos notado.

 

LA FINALIDAD DE LA BIBLIA

Dios se revela parcialmente al hombre a través de todas sus obras, pero sólo la revelación escrita nos lleva a conocerle en la medida que Él ha ordenado. El Centro de la Biblia es el Señor Jesucristo, el Dios-Hombre y el Verbo encarnado. Él manifestó la gloria de Dios en la tierra, y el proceso de revelación halla su consumación en su Vida, Muerte y Resurrección. Jesucristo es también el Redentor que murió para quitar el pecado del mundo, resucitando al tercer día para derramar su gracia salvadora sobre la humanidad. Por tanto, no sólo halla su consumación en Su persona y obra el proceso de revelación, sino también la obra de redención que Dios ordenó en Cristo antes de la fundación del mundo.

La Biblia no es un libro de texto científico ni fue escrita sólo para conseguir hechos históricos como tales, pues cada pasaje se relaciona con el doble propósito que ya hemos notado. Los autores humanos utilizaron el vocabulario de su día y fueron guiados a emplear un lenguaje que pudiera entenderse por todo ser inteligente en todo tiempo de la historia. Podemos estar seguros de que no hay conflicto real entre el relato bíblico y los hechos científicos e históricos si, en primer lugar, se ha entendido bien el texto bíblico y, en segundo lugar, se trata de hechos comprobados y no de hipótesis y teorías temporales. De todas formas, vamos a la Biblia para conocer a Dios y no para buscar lo que los hombres son capaces de investigar por su cuenta.

Difícilmente entenderíamos las profundas doctrinas del Nuevo Testamento --centradas en Cristo-- si no fuera por la preparación que hallamos en el Antiguo. En un mundo idólatra y politeísta hacía falta insistir --y la necesidad se siente también hoy en día-- que el Dios único es el creador del universo que tuvo su principio en Su Palabra. Para entender al ser humano --con sus gloriosas posibilidades y vergonzosos fracasos-- hace falta saber que Dios le creó a su imagen y semejanza, dándole dominio en la tierra; hay que comprender también que un ser tan ricamente dotado volvió sus espaldas a su Creador, buscando la gloria de su "yo". Sin embargo, el ser humano es objeto de la gracia de Dios, y su fracaso es el punto de partida --en la tierra-- del plan de redención. De ahí la importancia de los primeros libros del Génesis. Con la historia de Abraham y sus descendientes, las líneas del desarrollo de este plan de salvación se destacan cada vez más a través del Antiguo Testamento hasta el nacimiento de Cristo de una Virgen de Israel. La Ley de Sinaí, promulgada por medio de Moisés coloca una norma de justicia delante de la raza caída. Nadie ha llegado a la justicia propia por medio de la Ley, pero su luz revela el pecado y nos prepara el corazón con el fin de confiar en Cristo, el único que había de cumplir la Ley perfectamente en Su vida y luego recibir en Su Persona y en nuestro lugar el castigo que imponía la ley que nosotros habíamos quebrantado.

 

LA PERSONA DE CRISTO

La Palabra escrita --la Biblia-- sólo se entiende en relación con el Verbo Encarnado, el Señor Jesucristo; por eso el "corazón" de la Biblia se halla en los cuatro Evangelios, que nos informan acerca de Su nacimiento, Su ministerio en la tierra, Su Muerte redentora y Su gloriosa Resurrección. Muchos hombres intentaron poner por escrito estos hechos, pero Dios ordenó que quedásemos con los relatos de Mateo, Marcos, Lucas y de Juan, que salieron tempranamente de los círculos apostólicos. Cada uno presenta al Señor desde un punto de vista algo distinto, pero vemos al mismo Señor Jesucristo en todos ellos. En todo es el Dios-Hombre, perfecto en Su humanidad, sin mengua de Su plena deidad. Sus enseñanzas expresan la sabiduría divina en relación con el hombre y la mujer y se reconocen universalmente como las más elevadas y profundas que jamás salieron de labios humanos. Sus obras, al sanar a los enfermos, nos dan a conocer tanto Su amor como Su poder e ilustran la obra de redención y de restauración que había venido a cumplir. No son imposibles ni fantásticas, pues si el Dios-Hombre obra entre los hombres, es natural que veamos muestras de Su poder y de su deseo de salvar y bendecir al ser humano. Aun los judíos enemigos no pudieron negar las obras que por Él fueron hechas, de modo que el Apóstol Pedro, en su predicación del día de Pentecostés, pudo recordarle los incidentes de aquella vida sin miedo de que nadie le contradijera: "Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús Nazareno, varón aprobado de Dios entre vosotros por medio de maravillas y prodigios y señales que Dios hizo por Él en medio de vosotros, como también vosotros mismos sabéis... ". A través de estas obras de misericordia y de poder --como en todo momento de Su ministerio-- el Señor Jesucristo manifestó la gloria de Dios de tal forma que, en la víspera de su pasión, pudo decir al discípulo Felipe: "El que me ha visto, ha visto al Padre". El Apóstol Juan, recordando aquella vida que había conocido tan de cerca, escribió: "Y aquel Verbo (eterno) fue hecho carne, y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad".

 

LA MUERTE DE CRISTO

Toda persona procura cumplir su obra mientras vive, y la muerte denota el fin de su carrera. En el caso del Señor Jesucristo la vida en la tierra se reviste de gran importancia, pero notamos que los evangelistas describen Su muerte de tal forma que comprendemos que fue la corona y culminación de Su obra. Así lo anunció el mismo Señor: "El Hijo del Hombre (Cristo) no vino para ser servido, sino para servir y dar Su vida en rescate de muchos". Los enemigos del Señor habían querido prenderle y darle muerte muchas veces en el curso de Su ministerio, ya que Su santidad y su análisis penetrante de su religión externa condenaban la hipocresía de ellos, pero nada pudieron lograr hasta que llegó "Su hora": aquella hora de entrega ya determinada en la eternidad como hora de la redención. Entonces, el Señor se entregó voluntariamente en las manos de hombres perversos, quienes le condenaron falsamente y le crucificaron. Por el misterio de la encarnación el Hijo de Dios había tomado sobre sí nuestra humanidad sin ser contaminado de nuestro pecado con el fin de asumir la responsabilidad del hombre pecador delante del trono de la justicia de Dios, expiando el pecado por el sacrificio de sí mismo en la Cruz. Los relatos de la Muerte del Señor --con su explicación doctrinal en las Epístolas-- constituyen el punto céntrico de las Sagradas Escrituras y señalan el cumplimiento de una profecía dada por medio de Isaías siglos antes de su consumación: "Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz sobre Él, y por su llaga fuimos nosotros curados".

 

LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

Nadie vio al Señor levantarse de la tumba, dejando detrás, en perfecto orden, los envoltorios de vendas, como también las especies aromáticas empleadas en su sepultura, pues el gran hecho fue consumado según el programa de Dios y en la plenitud de la potencia divina. Pero unas mujeres fieles fueron las primeras en ver la tumba vacía, a pesar de haber estado rodeada por la guardia romana. El hecho de la resurrección fue confirmado por una sucesión de manifestaciones del mismo Señor resucitado. Él habló a los suyos repetidas veces, pasando tiempo con unos y con otros, con el fin de que pudiesen llegar a la completa seguridad de que el Resucitado era el mismo Señor Jesús que habían conocido antes de la Pasión, y el mismo que había muerto en la cruz. Estas manifestaciones se produjeron durante los cuarenta días que mediaron entre la resurrección y la ascensión del Señor, y Lucas habla de las "muchas pruebas indubitables" de aquel período. Tan convencidos quedaron los discípulos de la realidad de la resurrección del Señor que perdieron todo miedo y de cobardes se convirtieron en héroes. Pedro, el que había negado a su Señor en la noche de su entrega, se levantó para testificar con todo valor por Cristo ante multitudes de judíos en el día de Pentecostés, precisamente en Jerusalén, la misma ciudad donde Cristo había sido crucificado. El principio de la Iglesia no tiene explicación posible aparte de la realidad de la resurrección corporal del Señor Jesucristo, y años más tarde Pablo insistió en que constituía parte integrante del Evangelio, hasta el punto que el mensaje perdería todo su valor si Cristo no hubiese resucitado de los muertos. Un Salvador muerto, o siempre agonizante, no salva a nadie, y años después, al revelarse de nuevo a Juan -- según Apocalipsis--, declaró: "Yo soy el primero y el último: y el que vivo y estuve muerto; mas, he aquí, que vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del hades".

 

EL ESPÍRITU SANTO Y LA IGLESIA

Al principio de Los Hechos hallamos la narración del descenso del Espíritu Santo en el día de Pentecostés y la formación consiguiente de la Iglesia. Por "Iglesia", en el Nuevo Testamento, se entiende "el conjunto de todos los cristianos", o sea, de todos los verdaderos creyentes en el Señor Jesucristo, vivificados y unidos entre sí por el Espíritu Santo de Dios. No sólo se hallan unidos entre sí, sino que todos se hallan unidos con Cristo, única cabeza de la Iglesia.

El Evangelio es el mensaje que Cristo encomendó a los Apóstoles, y viene a ser una proclamación de todo lo que Dios ha hecho para el bien de la humanidad por medio de Cristo. Las palabras en sí quieren decir "Buenas Nuevas", puesto que asegura la salvación de todo ser humano que confiese sus pecados para poner fe y confianza solamente en Cristo. La primera proclamación --según el mandato del Señor-- fue realizada en Jerusalén, donde muchos judíos se arrepintieron de su pecado y creyeron en Cristo, formando así la primera iglesia. Más tarde, los Apóstoles y otros evangelistas llevaron el mensaje por toda Palestina y, luego, hasta los extremos del mundo entonces conocido. Todo cristiano había de ser testigo de lo que el Señor había hecho por él, y por eso el Evangelio se extendió rápidamente, confirmado por el gran cambio de vida que se efectuaba en los verdaderos creyentes. La historia que se desarrolla en Los Hechos es asombrosa: vemos cómo --en un espacio de treinta años-- el Evangelio fue llevado desde Jerusalén a Roma, y a tierras aún más lejanas, formándose grupos de creyentes, convertidos de entre los judíos y de los paganos, en centenares de sitios. Estas congregaciones eran las "iglesias locales" de entonces. Las Epístolas Apostólicas se dirigían a tales iglesias para enseñar la doctrina y las prácticas cristianas. Todo lo que se llama "apostólico" debiera conformarse con la historia de Los Hechos y las instrucciones y exhortaciones de las Epístolas.

 

EL CAMINO DE LA SALVACIÓN SEGÚN EL NUEVO TESTAMENTO

Como indicamos anteriormente, la Biblia no es meramente una obra literaria ni tampoco un libro de texto de historia o de ciencia, sino la revelación que Dios nos ha entregado en forma escrita con el fin de hacernos comprender el plan de redención. Hemos trazado, muy someramente, los grandes hechos de esta revelación, pero lo que más interesa a cada lector es saber lo que dicen los autores inspirados acerca de la manera en que cada uno pueda apropiar para sí la obra de Cristo con el fin de gozarse en su salvación. He aquí lo que dicen:

1) Para ser salvo es imprescindible que el hombre se reconozca como pecador delante de Dios y que comprenda que no puede hacer nada en absoluto para salvarse a sí mismo. El apóstol Pablo recordó a los creyentes en Éfeso que, antes de su conversión, había vivido en los deseos de su propia naturaleza caída, estando bajo la condenación como todas las demás personas. Entonces añade: "Empero Dios, que es rico en misericordia, por su mucho amor con que nos amó, aun estando muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo; porque por gracia sois salvos…, por la fe... no por obras, para que nadie se gloríe".

2) En esta gran obra de la salvación la iniciativa parte de Dios, pues Él sólo pudo proveer el medio de librarnos de nuestros pecados por el sacrifico de Cristo; hecho único, consumado una sola vez y para siempre. El valor de este sacrificio es tal que basta para toda la humanidad. Así escribe Pablo a Timoteo: "Hay un Dios y asimismo un sólo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, Hombre, el cual se dio a sí mismo en precio del rescate por todos".

3) Los rebeldes y los incrédulos no pueden aprovechar este hermoso don de Dios, que se recibe únicamente por la fe. Queda a la disposición de los humildes de corazón que se arrepienten de sus pecados y buscan la salvación en Cristo el Salvador. En una ocasión un hombre atribulado preguntó al apóstol Pablo: "¿Qué es necesario que yo haga para ser salvo?" Sin un momento de tardanza el Apóstol contestó: "Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo". El mismo Señor, dirigiéndose a las multitudes que le seguían, declaró: "De cierto, de cierto, os digo: el que cree en mí tiene vida eterna".

4) Las Escrituras señalan una y otra vez la necesidad tanto del arrepentimiento como la fe en Cristo. El que confiese sus pecados al Señor y confía plenamente en Él, reconociendo el valor de su obra salvadora, llega a poseer la vida eterna: un don de Dios que se ofrece ahora. Unido el creyente con Cristo por la fe y habiendo vuelto las espaldas al pecado, pasa de un estado de muerte espiritual a otro de vida espiritual. El Espíritu Santo puede obrar con libertad en el corazón del hombre humilde que mira al Salvador, para producir esta nueva vida en Cristo. Según hallamos en el Evangelio de Juan, el Señor declaró: "De cierto, de cierto os digo: el que oye mi palabra y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación mas pasó de muerte a vida".

5) Las obras humanas no pueden salvar a nadie, pues todas ellas llevan la mancha del pecado, y sólo es aprovechable la obra --de valor infinito-- del Salvador. Con todo, dice Cristo: "el árbol es conocido por sus frutos", de modo que el creyente verdadero ha de manifestar la realidad de su nueva vida por medio de buenas obras; obras que el Espíritu Santo produce en la vida de quien lleva una vida de obediencia al Señor.

6) El creyente verdadero pasa a formar parte de la Iglesia espiritual y universal, de la cual Cristo es Cabeza y Señor. He aquí el ecumenismo bíblico, que depende de la unión de los salvos en Cristo Jesús, realizado por el poder del Espíritu Santo. El bautismo viene a ser la señal de la nueva vida.

 

ÚLTIMAS PALABRAS

Notemos, para terminar, que las enseñanzas apostólicas son enteramente Cristocéntricas, por lo que queremos decir que enfocan la luz de la revelación solamente en la persona de Cristo como único Salvador y Señor de todos aquellos que acuden a Él por fe. Este punto es comparable -–como también las demás declaraciones de este escrito-- con las declaraciones de la Biblia misma, con referencia especial al Nuevo Testamento. Quienes buscan la salvación y quieren saber en qué consiste la vida cristiana encontrarán la verdad en la Biblia. Pero es preciso leer los Evangelios, Los Hechos, y las Epístolas con humildad, pidiendo a Dios que conceda la iluminación del Espíritu Santo. Dios quiere hablarnos al corazón por medio de la Palabra que nos ha dado por medios tan asombrosos. Como dijera el Maestro es más de una ocasión, es preciso "tener oído" para percibir los matices divinos que llegan a nosotros a través de la Biblia, y el oído interno consiste en la voluntad de comprender de un corazón humilde que busca a Dios por medio de Cristo. "Busca" --dijo Cristo-- "y hallarás".



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